
Jørn Utzon’s Sydney Opera House, and the Harbour Bridge, two of Sydney’s most famous landmarks, taken at dusk. The Sydney Opera House is one of the most iconic buildings built in the 20th century (1973) and is UNESCO’s world heritage.
Hay noticias que uno preferiría no tener que leer. Y hay otras que, aunque parezcan increíbles, obligan a detenerse y pensar seriamente hacia dónde está caminando el mundo.
En estos días, mientras la guerra entre EEUU e Irán intensifica la tensión internacional, han surgido declaraciones articular mente preocupantes. La ex congresista estadounidense Marjorie Taylor Greene afirmó que funcionarios de la administración de Donald Trump estarían discutiendo la posibilidad de emplear armas nucleares contra Irán. Greene no presentó pruebas públicas que permitieran confirmar que existiera una decisión de lanzar un arma nuclear, pero aseguró que el tema estaría siendo discutido en reuniones estratégicas. Al mismo tiempo, Trump ha endurecido considerablemente su discurso. El 17 de agosto volvió a insistir en que Irán no debe obtener un arma nuclear y ha utilizado un lenguaje cada vez más amenazante respecto de las operaciones militares en la región.
Y aquí surge una pregunta que debería preocupar a todo el planeta: ¿qué ocurre cuando una persona con enorme poder militar considera que utilizar la fuerza es una solución aceptable para resolver un problema político? El 6 de agosto de 1945, EEUU lanzó una bomba atómica sobre Hiroshima. Para finales de ese año, aproximadamente
140.000 personas habían muerto a causa de la explosión, las heridas y la radiación. Tres días después, otra bomba destruyó Nagasaki, donde murieron aproximadamente otras 70.000 personas. En total, ambas ciudades registraron alrededor de 214.000 muertes en 1945. Fueron las únicas ocasiones en que las armas nucleares se emplearon en una guerra.
Más de ochenta años después, resulta aterrador pensar que todavía existan dirigentes capaces de contemplar la posibilidad de repetir semejante horror. Y hay una diferencia fundamental entre una bomba convencional y una nuclear. Una guerra convencional ya puede ser una tragedia. Una guerra nuclear puede convertirse rápidamente en una catástrofe de proporciones imprevisibles. No se trata solo de destruir un objetivo militar. La radiación, las quemaduras, las enfermedades posteriores y la contaminación pueden afectar a poblaciones enteras durante generaciones. Por eso debemos ser extremadamente cuidadosos con afirmaciones como las de Greene. No es correcto afirmar
como hecho que Trump haya decidido lanzar una bomba nuclear contra Irán cuando eso no está confirmado. Pero tampoco deberíamos ignorar una acusación de semejante
gravedad cuando procede de una figura política que conoce desde dentro el funcionamiento del gobierno estadounidense.
La cuestión tampoco debería reducirse a si Trump está “loco” o no. Personalizar el problema puede ser fácil, pero resulta insuficiente. El verdadero problema es mucho más
grave: ningún líder de ningún país debería tener la posibilidad de convertir una decisión política en una catástrofe nuclear para millones de seres humanos.
Hiroshima y Nagasaki deberían haber dejado una lección definitiva. Las armas nucleares no son simplemente armas más poderosas. Son armas capaces de cambiar para siempre la historia de la humanidad.
Por eso, frente a las amenazas actuales, la respuesta del mundo no debería ser acostumbrarse al lenguaje nuclear. Debería ser exactamente lo contrario. La humanidad ya vio una vez lo que significa abrir esa puerta. Sería una tragedia imperdonable volver a abrirla. Sería una tragedia imperdonable volver a abrirla.
¿Está loco Trump?