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Groenlandia (Opinión)

Solo hay una ley que permite a Donald Trump hacerse con Groenlandia, y esta es la ley del más fuerte. Por eso la amenaza es inaceptable para la Unión Europea, potencia normativa basada en el derecho, la cooperación multilateral y el consenso entre socios, que perdería todo su sentido de ser y su autoridad si cediera en una cuestión tan fundamental.

Las razones de seguridad y recursos naturales esgrimidas por Washington pueden ser atendidas e incluso sobradamente satisfechas en un diálogo abierto y civilizado, exactamente lo que el presidente de Estados Unidos y sus corifeos han excluido, al señalar que no se conformarán con nada que no sea la propiedad soberana de la isla.

Las relaciones hasta ahora excelentes entre EE UU y Dinamarca permiten una negociación rápida y fructífera sobre la ampliación de las bases y el despliegue de tropas de Estados Unidos, la construcción de instalaciones antimisiles de la cúpula dorada prevista por Trump, la explotación de recursos petrolíferos o minerales en tierra y submarinos por compañías estadounidenses, la prohibición de inversiones y explotaciones a China o Rusia e incluso la promoción de proyectos turísticos como los que promueve Trump.

Por supuesto, partiendo de la base del respeto mutuo y la limpieza de la negociación, en la que nadie está por encima de la legalidad ni tiene garantizada la obtención de todas sus pretensiones. Y estas son las cuestiones centrales a las que Trump no quiere renunciar. No quiere que sus caprichos dependan de la población de la isla, del Gobierno de Dinamarca o de las normas y leyes internacionales. Eso es lo que dijo a los jefes diplomáticos de Dinamarca y Groenlandia con quienes se reunió recientemente.

El futuro de Groenlandia debiera ser un buen motivo para reforzar las relaciones transatlánticas alrededor de la seguridad del Ártico en vez de ser el instrumento para destrozarlas, como está ocurriendo con el tono que ha alcanzado esta discusión; a no ser que el perverso y último propósito sea precisamente la destrucción de la OTAN, que es a lo que llevaría la anexión unilateral, tal como han se

y ha venido debatiéndose por más de cien años, aunque pocas veces en la forma tan pública ni con la desmesura de esta ocasión.

Desde el siglo XIX EEUU ha considerado la compra de la isla. Las discusiones sobre dicha adquisición ocurrieron notablemente en 1867, 1910, 1946 y 2019 y la adquisición fue defendida, en público y en privado, por políticos influyentes como el mismo Nelson Rockefeller. Trump no está desorientado en este tema y no es el primero de los mandatarios norteamericanos ―ni será el último, si en esta ocasión no lo logra― en ambicionar ese lugar estratégico. De esto debiera ser consciente la Union Europea. Crear en los actuales momentos un “affaire” internacional, más allá del que ya hemos alcanzado, no sería saludable para los negocios ni para los intereses de la Union.

El Foro Económico Mundial, que se encuentra reunido en este momento en Davos, Suiza, espera la presentación del presidente Trump. Muchas de las inquietudes planteadas en esta columna quedaran resultas ―probablemente―, después de su intervención.

Sin embargo, el asunto de Groenlandia es casual frente al puntual que es la actual gobernanza de la Union Europea, en manos de políticos que no representan los verdaderos intereses de la ciudadanía europea. El futuro de la Union y de la OTAN está ahora en juego. Y el destino de Groenlandia, también.

Coletilla: Para cada problema complejo hay una solución simple, fácil de entender y completamente equivocada

Por: Gabriel Taborda                                                                                                                                                                                                                                                                                              eminen51@yahoo.com