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Pequeño grupo iluminado. (Opinión)

Jørn Utzon’s Sydney Opera House, and the Harbour Bridge, two of Sydney’s most famous landmarks, taken at dusk. The Sydney Opera House is one of the most iconic buildings built in the 20th century (1973) and is UNESCO’s world heritage.

En psicología, la disonancia cognitiva se explica de la siguiente manera: hay una confusión bastante común: creer que ser inteligente significa saber muchas cosas.                         

No necesariamente. Uno puede saber de historia, de política, de ciencia, de religión, de fútbol o de cualquier otro tema y, sin embargo, ser incapaz de pensar por cuenta propia. La inteligencia no está solamente en acumular información; también está en tener la capacidad de cuestionarla, analizarla y preguntarse: “¿Y si estoy equivocado?”                                                                   Lo curioso es que algunas personas necesitan desesperadamente pertenecer a un grupo. Y cuando encuentran uno que les promete sentirse especiales, superiores o “más despiertos que el resto”, están dispuestas a creer prácticamente cualquier cosa con tal de seguir formando parte de esa pequeña comunidad de iluminados. Ahí empieza el problema. El grupo piensa por ellos. Les dice que deben creer, quienes son los buenos, quienes son los malos, que información es verdadera y cual es una mentira. Y cuanto más absurda es una idea, más convencidos pueden terminar estando, porque cuestionarla significaría enfrentarse al grupo y, peor todavía, enfrentarse a sí mismos. Entonces aparece una especie de lavado de cerebro voluntario: “Yo sé la verdad que los demás no quieren ver.” ¡Qué piola me siento! Pero saber repetir lo que dice el grupo no es pensar.   Repetir consignas tampoco es inteligencia. Y compartir veinte publicaciones sobre un tema no convierte a nadie en especialista. Pensar implica algo bastante más incómodo: escuchar una idea contraria, analizarla y aceptar que quizá tenga algo de razón. La verdadera inteligencia no necesita sentirse superior. No necesita pertenecer a un pequeño grupo de elegidos. Y, sobre todo, no tiene miedo de decir “no sé”, porque quizás la persona verdaderamente inteligente no sea la que tiene respuesta para todo, sino aquella que todavía conserva la capacidad de hacerse preguntas. El problema no es pertenecer a un grupo. El problema es entregarle el cerebro al grupo y después sentirse orgulloso de haber dejado de pensar.                                                                                                                                                                                                                                                                                                   ¡Ah! ¿Y ese que se la pasa fingiendo que sabe todo? “Yo estudie esto, aquello y lo otro por eso puedo opinar” dice el narcisista, pero nunca le va a decir lo que no sabe. Su opinión es la que vale, los demás están todos equivocados y creen tonterías. “Soy fanático de Boca Juniors porque es el mejor equipo del mundo” asegura el sabelotodo ¿y El Barcelona? “No ese Club tiene dinero y compra a los árbitros” argumenta el que está convencido de todo. El ser humano hace cualquier cosa para mantener una idea que lo hace sentir cómodo, y por eso el cerebro lucha para encontrar las razones necesarias para mantenerlas. El grupo donde pertenece lo hace sentir iluminado, querido, y una persona tan inteligente que ve a los demás como pobres y simples seres humanos incapaces de ver la única verdad. Si conoce a una persona así, deje de escucharlo, porque no es mas que un grabador biológico sin ideas propias. El/ella ya está convencido de que es libre, simplemente porque es inteligente y nadie lo puede engañar. Sin embargo, ahí está la trampa, ahí están las cadenas que lo van a tener preso voluntariamente.
¿Cómo caen en esa trampa? Por una necesidad psicológica que ni ellos saben que tienen. Cuando alguien necesita amigos, gente que lo quieran, que los escuche y hagan sentir
bien, no como el padre o la madre que solo lo querían si estudiaba, no como lo hacían sentir en la escuela por ser diferente y crecer con complejo de inferioridad que se convierte
en narcisismo. ¡Ahí está la causa! Esa gente necesita algo para poder sentirse normal, para dejar de sufrir psicológicamente o para vivir pensando que después de la muerte todo
va a ser una gran felicidad. Pero si hay un ser que hoy lo abandona, no tiene sentido pensar que después de no existir más los va a ayudar. Pero ya fueron engañados y es muy difícil aceptar que fueron engañados porque el orgullo humano es superior a la voluntad de ser humilde.                                                                                                                                       Y si desea salir de esa secta, lo hacen sentir tan culpable que hasta lo hacen pensar en un suicidio. Si alguien le ofrece algo que parece imposible, es porque en realidad, es imposible.

Vicente Oscar Scali, argentino,
Licenciado en Ciencias Sociales Aplicadas; reside en NS, Australia