El octogésimo primer período (81) de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas que comenzó el 8 de septiembre, concluyó ―en lo pertinente a los discursos a cargo de los Jefes de Estado, ministros y delegados mundiales―, el pasado lunes 28 de septiembre.
Serias preocupaciones nos dejan las intervenciones de algunos, por todo cuanto dijeron, pero más desconfianza ―por extraño que parezca―, nos deja el silencio de aquellos que, pudiendo hacerlo, callan o desvían la atención de los peligros que enfrenta la humanidad con los conflictos en curso.
Durante la Guerra Fría, la Asamblea General era el centro de la diplomacia mundial. Sus reuniones constituían el escenario natural para discutir las amenazas a la paz mundial, en especial el temor a una guerra donde fueran utilizadas armas nucleares.
En sus pasillos se improvisaban reuniones mientras las potencias se reunían discretamente en sus misiones permanentes o en la residencia de algún embajador. Aquella Asamblea servía para algo. La de este año ha servido, sobre todo, para reflejar cuánto se ha debilitado.
António Guterres, en su discurso de apertura y hablando desde su papel de Secretario General, abogó por un mundo construido sobre la interdependencia y recordó a las superpotencias que su poder tiene limitaciones. Una hora después el presidente de EEUU ofreció una visión contraria al presentarse como quien no solo ha prometido el uso de la fuerza, sino que la ha usado.
Aprovechó, de paso, para amenazar con «aniquilar» a Irán si no logra un acuerdo y acusó a la Organización de “imponer la agenda de la extrema izquierda dominada por burócratas globalistas” y arremetiendo, una vez más, contra la CPI (Corte Penal Internacional).
Poco después, desde esa misma tribuna, el presidente iraní propuso reabrir el estrecho de Ormuz en el plazo de una semana si se cumplían siete condiciones, entre ellas el levantamiento del bloqueo naval estadounidense, la liberación de sus fondos congelados y el cese de los ataques en todos los frentes, incluido el Líbano. En lo sustancial, la oferta equivalía a regresar al memorándum de entendimiento de junio, y Teherán añadió que la reapertura debería articularse mediante un acuerdo bilateral ya cerrado con Omán. EEUU la rechazó el sábado; el domingo, el ministro de Exteriores iraní replicó que Irán no rebajará sus condiciones y aguardará una respuesta oficial a través de Pakistán, Catar y Omán.
En medio de esta retorica belicista, intervino el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, quien planteó la disyuntiva actual como una elección entre Cooperación o Conflicto y pidió una refundación de la ONU, un nuevo “Momento San Francisco”, aludiendo la conferencia de 1945 en la que se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tras la Segunda Guerra Mundial. Ese tema, en mi opinión, es el punto focal para avanzar en la seguridad global desde un escenario que ya no representa la realidad del momento actual.
Propuso crear al menos dos nuevos Asientos en el Comité Permanente para África, dos para Asia-Pacífico y uno para Iberoamérica y que ningún Estado tenga por sí solo el derecho de veto. Que a todo miembro del Consejo que viole la Carta, se le suspenda el voto, fórmula que podría darle un nuevo impulso a la única organización con la que cuenta la humanidad para prevenir su desaparición.
No faltó el show de la desmesura a cargo del representante del mayor deudor del Fondo Monetario Internacional y catalogado por ellos mismos como Estado Mendicante, pero con un presidente con ínfulas del Mas Grande Estadista del Siglo XXI. Me refiero a Javier Milei quien, fiel a su estilo y alejado totalmente de los hechos que tienen en vilo la paz mundial, se dedicó a despotricar de la ONU, tachándola de «inútil» y de alimentar a una «casta de parásitos», acusando al organismo de fracasar en su deber de garantizar la seguridad colectiva.
Para rematar y abriendo un nuevo frente de conflictos, ratificó que las islas Malvinas son una causa nacional argentina y criticó, injustamente, la inacción de la ONU ante este diferendo con el Reino Unido, advirtiendo que Argentina tomará cartas en el asunto por vía propia, cualquier cosa que esta amenaza signifique. Poco faltó para que le declarara la guerra a Inglaterra. Tengo interés por saber a quién acudirá a pedir prestados los fondos para hacerla.
Coletilla: No es completamente idiota… Todavía le faltan algunos componentes.
Fuente: Opinion Gabriel Taborda