El día lunes 10 de agosto de 2026 quedará en la memoria de los colombianos como uno de los más nefastos de su historia reciente. Ese día la tierra tembló de forma inusitada, como no lo había hecho en más de un siglo. En minutos los sismógrafos lo midieron como uno de proporciones catastróficas, con intensidad 7.4 en la Escala Richter, capaz de destruir completamente ciudades. Esto es, en pocas palabras, lo que en efecto ocurrió.
Pocas veces, en mi larga vida, había tenido una experiencia semejante. Esa mañana estaba intentando organizar mis ideas, después de un largo viaje que me mantuvo fuera del país durante varios días. Esperaba ansioso porque la máquina de café me diera la primera taza con la cual comenzar, tanto la semana, como ese nuevo día.
De repente comencé a escuchar un sonido ronco, tenue y aterrador, como el que se siente cuando un gran camión te está sobrepasando en la autopista; la experiencia es parecida, se siente parecido. La cercanía del camión te crea esa onda expansiva, rugiente y pesada, que descontrola por segundos la marcha de tu vehículo; y tú quieres salir pronto de su lado, que te sobrepase rápido para no tener la impresión de que estas cerca de esa gran mole que opaca la luz del sol y que en cualquier momento puede aplastarte sin que el conductor siquiera se dé por enterado.
Esa sensación ―o parecida―, es la que experimenté en esa mañana. Solo que no tenía la protección de una cabina de automóvil y eran mis propios pies y mis manos las que tocaban el piso y las paredes, que parecían bailar una macabra danza, incontrolable y eterna, aunque solo hubieran transcurrido poco menos de dos minutos. Los dos minutos más largos y trágicos en lo que ha corrido de siglo, en este país.
Después vino el silencio y luego la realidad. Un silencio extraño, incómodo, inundaba toda la atmosfera; el piso, las paredes y el techo dejaron de sonar. El crujido de los ladrillos y las vigas que chocaban entre sí, ya no se escucharon más. Pero tampoco se escuchaba el sonido de la calle ni el de los pájaros, que diariamente vienen a nuestro jardín. No sé cuánto tiempo transcurrió así, pero ha sido el silencio más azaroso que he vivido. Eran las 7:34 de la mañana y ya no me tomaría el café puesto que la energía se cortó.
Luego llegó la realidad. Con la débil señal de internet que teníamos comenzamos a recibir las primeras noticias. El epicentro del terremoto había sido en el departamento del Chocó, uno de los más vulnerables y atrasados. Toda la zona occidental del país había sufrido el choque de la onda sísmica. Ciudades grandes como Cali, Pereira, Armenia, Manizales y sus zonas rurales estaban afectadas.
Después, las noticias fueron más explícitas. En todas estas grandes ciudades, edificios residenciales de varios pisos de altura se habían derrumbado y centenares de familias se hallaban debajo de los escombros.
Allí apareció el verdadero carácter del pueblo colombiano: miles de vecinos comenzaron a escarbar entre los escombros buscando a los sobrevivientes, exponiendo, incluso, su propia vida, con tal de ayudar a sus congéneres. Esta es la verdadera expresión de solidaridad de la que tanto se habla, pero que tan poco en la vida real, se practica.
Sin ninguna preparación previa y sin contar con elementos de seguridad propias para este tipo de labores, los mismos ciudadanos se apersonaron de la tragedia e iniciaron la búsqueda de los sobrevivientes, mientras en Bogotá, sede del Gobierno Nacional, el nuevo ejecutivo recién posesionado, Abelardo de la Espriella, despachaba trinos y mensajes de solidaridad para las víctimas que, en muchos casos, permanecían aún enterrados bajo los escombros.
La realidad de esta tragedia está por conocerse. La reconstrucción de las ciudades es todavía incierta. Lo que hasta el momento queda claro es la condición heroica del pueblo colombiano y su actitud solidaria y tenaz frente a las desgracias. Del nuevo gobierno, veremos cómo gestiona esta tragedia. Ya hay señales poco esperanzadoras, aunque sigo siendo optimista de que el deber debe prevalecer por encima de las luchas partidistas.
Coletilla: Lo importante no es lo que pasó, sino lo que tiene que cambiar. La importancia de una noticia no es de dónde viene, sino a dónde va a llegar.