El 26 de marzo de 1812, en medio de un mar de problemas económicos, políticos y sociales relacionados con la instauración de la Primera República de Venezuela, un terremoto de magnitud 7.7 destruyó casi totalmente las incipientes provincias de Caracas, Barinas, Mérida y Trujillo de la joven república. Era un Jueves Santo.
«Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca» fue la frase que, un poco altaneramente, lanzó el joven caudillo Simón Bolívar, ―aún en trance de convertirse en el Genio Libertador―, como respuesta a los dichos de los frailes y sacerdotes realistas que predicaban que la tragedia había sido un «castigo del cielo» por alzarse contra el Rey Fernando VII de España.
Pues bien, doscientos años después, la naturaleza nos recuerda que no existe ningún caudillo que pueda luchar en contra de su descomunal poder, por altruistas que sean sus razones.
El pasado miércoles 24 de junio, otro terremoto, esta vez ligeramente menor (7.2 según el Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS) azotó por cuatro largos minutos a las ciudades de Caracas, Maracay, Valencia y La Guaira con cifras elevadas de muertos y desaparecidos aún sin confirmar. Ese día se conmemoraba la Batalla de Carabobo y las fiestas de San Juan.
Después de deplorar sinceramente esta tragedia y solidarizarnos con las familias de las víctimas y desaparecidos, es momento de concentrarnos en lo que viene ahora para el sufrido pueblo venezolano.
Los terremotos quebraron de forma abrupta el periodo de relativa estabilidad que experimentaba el país, después de la “extracción” del poder de Nicolás Maduro. Durante trece larguísimos años, él y sus más cercanos colaboradores ―algunos aún en el poder―, destrozaron su economía y desmantelaron las instituciones democráticas, llevando al colapso ―en todos los sentidos― a esta rica nación.
Hoy la realidad es incierta. El Mundo Financiero ―los chacales de siempre―, aguardan impacientes. Subidos en las ramas de los árboles, en manada, sin bajar todavía a la zona de desastre para no estropear sus costosos trajes, los Hombres de Negro de Wall Street están haciendo fila para llegar a “socorrer” a la economía venezolana, sólidamente apalancada por sus extraordinarias riquezas minerales.
Oro ―estimaciones indican que es la tercera mayor reserva del metal precioso del planeta―, Diamantes, Tierras Raras, Hierro, (octava reserva mundial), Coltán, Bauxita, Carbón y… ¡Petróleo, mucho, muchísimo
petróleo! Toda esta riqueza que el torpe e incapaz régimen no fue capaz de gestionar, en su oportunidad, ahora será, sin duda alguna, “agenciada” por firmas de inversión extranjeras que se encargarán de la reconstrucción y la administración de sus recursos. Así mismo como en el football, quien no hace los goles, los ve hacer.
Mientras tanto, se me ocurren un par de preguntas: ¿es posible que las precarias condiciones en las que quedó el país desencadenen una segunda oleada de desplazados, parecida a la que en 2022 sacó del país a más de ocho millones de venezolanos? ¿Qué países los acogerían?
Organismos internacionales prevén que puede ocurrir, aunque de forma diferente a los picos históricos previos. El detonante actual ya no es solo la prolongada crisis política y económica, sino la devastación provocada por los terremotos.
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que hasta 6.76 millones de personas podrían verse afectadas directamente por las secuelas de los sismos, sumando una presión crítica a un país que ya acumulaba un éxodo histórico de más de 8.7 millones de emigrantes.
El sismo destruyó por completo o dejó inhabitables miles de estructuras en el eje central y costero, la «zona cero» en La Guaira y Caracas. Regiones que experimentaban una leve mejoría económica han vuelto a quedar sin agua potable, electricidad y nulos sistemas de saneamiento, elevando el riesgo de crisis sanitarias y brotes infecciosos.
A diferencia de la primera crisis migratoria, el mapa de acogida de un futuro desplazamiento enfrenta fronteras mucho más restrictivas. Los principales destinos seguirán siendo, inevitablemente, Colombia, Brasil y Chile, aunque estos países ya enfrentan sus propios dilemas políticos y económicos, además de experiencias negativas con el anterior éxodo lo que los obligó a endurecer sus políticas migratorias.
Como podemos ver, el pueblo venezolano no la tiene fácil. Sin embargo, frente a la furia de los elementos y las amenazas de los ambiciosos, la determinación de los ciudadanos por mantener vivas sus instituciones y su vida cotidiana se convierte en el último bastión contra el colapso absoluto. El día después, apenas está comenzando.
Coletilla: Nuestra voz de solidaridad para el sufrido pueblo venezolano.