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El nombre de la presente columna está relacionado con una de las obras más influyentes de la literatura italiana que retrata la decadencia de su cultura, en los inicios del siglo XX. Escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, la novela se desarrolla en Sicilia durante el Risorgimento (la unificación de Italia en 1860). Narra la historia de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, quien observa cómo el mundo feudal y los privilegios de su clase se desmoronan ante el avance de las tropas de Garibaldi, lo que da ascenso a una nueva clase social.

La obra inmortalizó la frase: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». De aquí surge el término gatopardismo, que se utiliza en política y sociología para describir la estrategia de realizar cambios superficiales o aparentes, con el fin de mantener intactas las estructuras de poder.  

No es tarea difícil adaptar el gatopardismo a los tiempos presentes si se ha tenido la paciencia ―y el placer― de disfrutar el mamotreto de más de 600 páginas en las que Lampedusa describe la decadencia de la aristocracia de sangre de su época. Sus similitudes son pasmosas.

En lugar del príncipe de una villa decadente del siglo XIX, tendríamos a un CEO o magnate de la vieja guardia que ve cómo su imperio financiero pierde relevancia. El alejamiento de viejos aliados que se dirigen hacia nuevos centros de poder más confiables, menos arrogantes. Luego, entonces, los «Revolucionarios de Garibaldi» no serían tropas armadas, sino la disrupción tecnológica, la inteligencia artificial y el desplazamiento de sus aliados hacia esos nuevos centros poder; plataformas que no poseen tierras, sino datos; acciones en vez de ganado.

El Príncipe de Salina sería un líder visionario pero acorralado por sus errores del pasado, cansado de sus “fugas hacia delante” que entiende que el prestigio de su apellido ya no basta. Sabe que las viejas formas de hacer política y negocios están muriendo. Su melancolía no es por la pérdida de castillos y tierras sino por el menoscabo de su imperio financiero y el desprestigio de su apellido, el que considera venerable.

El sobrino audaz, Tancredi, ya no sería su joven predilecto que se une a los “Camisas Rojas” garibaldinos sino los cientos de seguidores de jóvenes influencers que impulsaron su ascenso y que uno a uno van optando por unirse a otro partido opositor, financiado por inversores de capital de riesgo que en el pasado apostaron por él, pero que ante las dinámicas actuales le van dando la espalda.

En el mundo en que vivimos, el calificativo de Gatopardismo se aplicaría también a personas y gobiernos que utilizan la mala educación, la insolencia, el irrespeto y la provocación, para preservar sus estructuras de poder y los privilegios de los suyos. Aplican una forma de Gatopardismo para proponer cambios drásticos que terminan por reconfigurar el poder, sin alterar las jerarquías económicas fundamentales.

Surgen entonces expresiones como “Lucha contra la Inmigración Ilegal”, “Combate contra el alto precio en las viviendas”, “Guerra contra los Altos precios de la Gasolina”, “Ofensiva contra los Cárteles de las Drogas”, etc. sin que sus resultados alcancen más allá de su periodo presidencial. El gatopardista actual es un individuo que se mimetiza con cualquier ideología (izquierda, derecha o centro) con el fin único de mantener su posición de privilegio o poder. En Latino America su más insigne representante en el presidente de la Argentina, Javier Milei, aunque existen otros menos ilustres.

El concepto también se aplica a nivel global, como en la ONU, donde se critican las políticas de desarrollo de los países de la periferia que, según ellos, solo alcanzan a ser reformas cosméticas para ajustarse a agendas modernas, sin resolver las brechas reales de desigualdad. Cuando “ajustan” esos cambios, esas mismas brechas reales se agudizan con las reformas que contraponen. Esa clase de gatopardismo ama los «indicadores de gestión», por ejemplo, se crearon 10 comisiones, se firmó un tratado, etc.

En resumidas cuentas, no hay forma de evitar el Gatopardismo; está en todos lados. Solo nos queda mimetizarnos en su sombra y permitir que todo cambie…para que quede como antes.

En la novela, Don Fabricio muere en la habitación de un gran hotel y en sus últimos momentos tiene la visión de una mujer joven y hermosa ―posiblemente la personificación de la muerte― que viene a buscarlo. Se va consciente de que es el último Gatopardo y que su linaje carece ya de fuerza.

Coletilla: Los filósofos griegos ya sabían que el mal no tiene existencia propia, es solo ausencia de bien (como el negro es ausencia de luz) y se soluciona, únicamente, poniendo bien. Así, resulta imposible que el mal (una guerra) pueda provocar bien.

Por: Gabriel Taborda                                                                                                                                                                                                                      eminen51@yahoo.com

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