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Hace poco hallé en la página WEB del Museo de la Universidad Pedagógica de Colombia una publicación que me llenó de nostálgica alegría. Seleccionaban “Alegría de Leer”, un librito de texto del educador Evangelista Quintana, como “El Libro del Mes”, algo objetivamente inusual por tratarse, no de un libro, propiamente dicho, sino más bien de una pequeña cartilla para la enseñanza de lectura en primer grado elemental. “… fue una técnica de enseñanza, novedosa en su tiempo por el método empleado para la formación escolar en el campo de la lectura y la escritura… ”, dice la publicación.
Fue casualmente en esa pequeña cartilla donde muchos, en mi generación, aprendimos a leer y a descubrir el deleite y la importancia de la lectura. La mayoría lo convertimos en un hábito.
La historia surge a raíz de los resultados de las pruebas PISA, estudio internacional de la OCDE que evalúa las habilidades de los estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias. Son un desastre.
Los datos no son una alerta amarilla, son un diagnóstico. El promedio de lectura de la OCDE ha caído 28 puntos desde 2015, el equivalente a perder casi un año y medio de escolaridad. El 69% apenas alcanza el nivel básico. Y la frase que los evaluadores repiten en privado lo resume todo: cuando el texto supera las 400 palabras —lo que cabe en una pantalla de móvil— el alumno colapsa. No es que no sepa decodificar letras. Es que no puede sostener una idea, inferir una intención, detectar una ironía o contrastar dos fuentes.
Durante décadas nos preocupó que Google nos hiciera superficiales. Ahora PISA dice algo nuevo: los adolescentes que usan IA para resumir, hacer trabajos y responder preguntas, obtienen peores resultados en lectura. Y eso no es casualidad. Si no entrenas el “músculo” del cerebro para seguir un argumento largo, lo atrofias. Dejas que la máquina lo haga por ti y tu cerebro descansa plácido, como un haragán.
A medio plazo, esto crea una nueva división de clases: los que saben leer y comprender textos largos y complejos y los que se quedan en la lectura (sin comprensión) de 400 caracteres. Los primeros usarán sus deducciones para razonar mejor. Los segundos usarán esos 400 caracteres como un oráculo, como la verdad revelada. Y un oráculo no se discute. Se obedece.
El peligro, corto plazo, no es la “tendencia” falsa y grosera. “Es el trend” verosímil y personalizado. Aquel que te escribe una IA que sabe que no lees más de 400 palabras y te las escribirá, con tu vocabulario y tus miedos, confirmando así tu sesgo. No es censura, es lo contrario:
información a la medida de tu holgazán cerebro. La manipulación perfecta. No se te prohíbe leer, te dan lo que quieres leer, lo que te produzca alguna pobre emoción. Ese es exactamente el perfil de ciudadano que necesita una IA mal usada.
La IA generativa no necesita hackear elecciones. Le basta con inundar las tendencias con información falsa. Cuando el lector débil se enfrenta a un texto sintético bien escrito —un hilo, un video con voz clonada, un falso informe— y no tiene las herramientas de PISA, será torpe para distinguir hecho de opinión, detectar el sesgo del autor y comprobar las fuentes.
Un votante que no puede entender un texto complejo no puede juzgar un programa de gobierno, ni la letra pequeña de una reforma laboral, ni las limitaciones de su plan de salud. Entonces delega. Y cuando delega la comprensión, delega el poder.
La OCDE lo advirtió: los países que más cayeron en lectura ―Finlandia, Irlanda, Canadá, España, Estados Unidos―, son los mismos donde el uso intensivo de IA se disparó, no es un problema propio ni exclusivo del Sur global. Es el núcleo del Club de los Ricos el que se está quedando sin su competencia fundacional.
¿Qué hacer? Es volver a hacer dolorosamente difícil el acto de leer en la escuela. Textos largos sin subrayados. Debates sin diapositivas. Exámenes sin opción múltiple. Devolverle prestigio al esfuerzo.
Porque la pregunta de los próximos cinco años no será si la IA es más inteligente que nosotros. Será si nosotros seguiremos siendo lo suficientemente inteligentes para no darnos cuenta de cuánto nos están manipulando.
Coletilla: Quien nació para la lectura no puede oír hablar de la muerte del libro sin sentir cómo el lomo se le va erizando. Umberto Eco aseguró que primero se fundirán las computadoras y colapsará la electricidad, por lo que habrá que retornar al libro y la vela.












