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«Brasil no es para principiantes», decía el compositor Tom Jobim, uno de los padres de la bossa nova. Y así lo ha comprobado el senador derechista Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión tras su fallido golpe de Estado para derrocar a quien lo venció limpiamente en las urnas y que ahora acaba de hacer lo mismo con su flamante hijo.

Con este resultado, Lula se convierte en el único presidente del continente americano en haber sido elegido democráticamente en cuatro ocasiones, algo que solo había conseguido Franklin Delano Roosevelt por causa y efecto de la Segunda Guerra Mundial en su tercera y cuarta reelección.

Con este triunfo de Lula, el mapa político de América Latina se reconfigura. El resultado no puede entenderse simplemente como un péndulo ideológico o un voto de castigo coyuntural.

La victoria de Lula representa ―en su esencia más pura―, el triunfo de su conexión inquebrantable con la clase trabajadora brasileña; una conexión fraguada, no en los despachos de Brasilia, sino en las fábricas metalúrgicas paulista y en la memoria colectiva de un pueblo que asocia su nombre con la dignidad, el plato de comida caliente y el ascenso social.

Para el Brasil profundo —aquel que sufre la informalidad, el hambre y el desmantelamiento de los servicios públicos—, Lula no es solo un político; es un espejo. Su narrativa de vida resuena con fuerza en los millones de brasileños que luchan día a día por sobrevivir.

Durante sus dos primeros mandatos, millones de personas salieron de la pobreza extrema gracias a programas emblemáticos como Bolsa Familia. Esta memoria histórica actuó como un escudo indestructible frente a los feroces ataques mediáticos y judiciales que intentaron sepultarlo políticamente.

Mientras la élite económica lo miraba con recelo, la base trabajadora mantuvo viva la llama de la lealtad, identificando en su liderazgo la única alternativa real para recuperar los derechos laborales pisoteados y devolver el protagonismo al ciudadano común en el presupuesto del Estado.

Sin embargo, el triunfo del líder del Partido de los Trabajadores (PT) tuvo que abrirse paso a través de un ecosistema democrático severamente dañado. La contraparte de esta histórica jornada fue la

actitud profundamente antidemocrática de Jair Bolsonaro y su círculo cercano.

Incapaces de asimilar su derrota en las urnas, los Bolsonaro optaron por un guion de corte neo-fascista: sembrar la sospecha infundada sobre el sistema de votación electrónica, mantener un silencio sepulcral durante las horas críticas y, sobre todo, validar de forma tácita el descontento de sus sectores más radicales.

Esta postura negligente e incendiaria no fue un berrinche pasajero, sino una estrategia deliberada de erosión institucional, como la que culminó en el violento asalto a las sedes de los tres poderes del Estado el 8 de enero de 2023 cuando miles de simpatizantes de Bolsonaro irrumpieron en sus instalaciones, atacando y quemando expedientes judiciales, para sembrar el caos político y social, conseguir la excarcelación de Bolsonaro y remover (y aparentemente asesinar) a Lula.

La negativa histórica de la extrema derecha brasileña a reconocer la legitimidad del adversario político expuso una alarmante falta de cultura democrática. Al priorizar el relato de la conspiración por encima de la alternancia pacífica del poder, el bolsonarismo ha demostrado que su proyecto político no concibe la derrota, prefiriendo dejar al país al borde del abismo social antes que aceptar el veredicto del pueblo.

La frase que marcará el después de este proceso electoral, es la pronunciada por Bolsonaro en el discurso a sus seguidores, tras su derrota: «es imposible aceptar el resultado». La interpreto como un mal presagio. No para Lula, pero sí para el Brasil.

La frase no solo rechaza los números del escrutinio, sino que actúa como un ataque directo a la fiabilidad de las urnas y al Tribunal Superior Electoral (TSE). Funciona como un mecanismo para instalar la idea de que el proceso estuvo «amañado», permitiendo a sus seguidores justificar su rechazo.

En la retórica de la Derecha Populista, declarar que un resultado es «inaceptable» opera como una señal de luz verde para que las bases actúen de forma autónoma. Al deslegitimar el resultado, se construye la justificación moral para acciones extremas. De allí para adelante, solo Dios sabe lo que pueda ocurrir.

¡Qué malos perdedores resultaron estos Bolsonaro!

¡Incorregiblemente, malos perdedores!

Coletilla: Al pájaro madrugador le podrá corresponder la lombriz, pero es el segundo ratón el que se queda con el queso.

Por: Gabriel Taborda                                                                                                                                                                                                                                                                      eminen51@yahoo.com

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