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Jørn Utzon’s Sydney Opera House, and the Harbour Bridge, two of Sydney’s most famous landmarks, taken at dusk. The Sydney Opera House is one of the most iconic buildings built in the 20th century (1973) and is UNESCO’s world heritage.

Hubo una vez lectores que dijeron que este escritor se ocupaba mucho de un señor que gobernaba en un país poderoso y lejano, que eso era innecesario. Quizás, y digo solo quizás, no entendían el mensaje o eran de esas personas que todavía creían en ese sujeto. Sea cual fuese la razón, hoy me gustaría conversar con ellos.

¿Por qué?
Cuando se habla de una posible guerra entre Estados Unidos e Irán, muchos piensan primero en misiles y ejércitos. Pero hay otra dimensión igual de importante: la economía. Un conflicto en Medio Oriente no se queda en Medio Oriente; sus efectos pueden sentirse en todo el planeta y hay un solo presidente
incapaz de comprender ese concepto. Bueno, vaya a saber porque.

El impacto más inmediato sería en el petróleo. Gran parte del comercio energético mundial pasa por el estrecho de Ormuz, un punto clave que Irán controla parcialmente. Si las tensiones interrumpen ese flujo, el precio del petróleo podría subir de forma brusca. Eso no solo encarece la gasolina: afecta transporte,
producción industrial y muchos productos que usamos a diario, como, por ejemplo, el abono. La historia lo demuestra. Durante las crisis petroleras de los años setenta, el aumento de precios provocó inflación y recesión en varios países. Aunque hoy hay más fuentes de energía, el petróleo sigue siendo esencial para la economía global.

Además, los mercados financieros reaccionan rápido ante el riesgo de guerra. Los inversores venden acciones y buscan refugio en activos seguros. Esto puede generar caídas en bolsas, movimientos bruscos en monedas y sensación de incertidumbre económica. Muchas empresas dependen de rutas marítimas cercanas
a Medio Oriente. Si se vuelven inseguras o costosas de proteger, el comercio se ralentiza, aparecen retrasos y escasez de productos y los precios vuelven a subir. Los conflictos militares también implican gastos enormes para los gobiernos. Esto puede aumentar la deuda o el déficit, afectando la estabilidad económica incluso de los países directamente involucrados.

Por último, no hay que subestimar el efecto psicológico. La percepción de riesgo influye en empresas y consumidores: cuando sienten incertidumbre, gastan menos y retardan inversiones. Eso frena el crecimiento económico global, aunque la guerra esté lejos de sus hogares. En un mundo conectado, ningún conflicto ocurre en aislamiento. Lo que pasa en Medio Oriente puede desencadenar una cadena de efectos por todo el planeta. Por eso, cuando se habla de un posible conflicto entre Estados Unidos e Irán, solo se miran misiles y ejércitos, sino también el tablero económico global.

¿El señor presidente del país con más votantes idiotas del mundo ni quiso escuchar a sus empleados porque como él mismo dijo a otro político un poco más inteligente que él “¿Para que preguntarles a otros si tú eres quien manda?”

¿Se da cuenta? Hay una guerra donde cada uno de nosotros pagamos, porque solo a un energúmeno con dos neuronas se le dio las ganas de bombardear a otros seres humanos que no lo molestaban. ¡Ah claro, molestaban a ese otro monstro que también le gusta bombardear!

Y el presidente zanahoria, se acopló, total “Yo puedo hacer con Cuba y otros países como se me da la gana”.
Bueno, colorín colorado, este cuento se ha terminado.

Escribe *Vicente Oscar Scali, argentino,
Licenciado en Ciencias Sociales Aplicadas; reside en NSW

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