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Donald Trump, expresidente de Estados Unidos, es una figura que suscita intensos debates y opiniones encontradas. Para entender su comportamiento y sus decisiones políticas, muchos analistas sugieren mirar más allá de la ideología o la estrategia y enfocarse en su temperamento. Lo que queda al desnudo revela una lógica que recuerda sorprendentemente a la de un niño pequeño: deseo inmediato, ego desmedido, incapacidad para aceptar límites y una obsesión constante por el reconocimiento.
La manera en que Trump reacciona ante las críticas y los límites impuestos por otros se asemeja al comportamiento infantil. Por ejemplo, ante la tragedia de la muerte de una mujer de 37 años, Trump no mostró empatía por la víctima, sino que se centró en el hecho de que el padre era seguidor suyo. Esta forma de relacionarse con el mundo pone en evidencia un deseo de validación personal por encima de cualquier consideración ética o social.
No se trata de un diagnóstico psicológico, sino de una metáfora que encaja demasiado bien para describir sus modos de actuar. Trump, quien ha sido incapaz de expresarse correctamente incluso en su idioma natal y ha insultado a líderes europeos en Suiza sin recibir ningún aplauso, parece movido por una necesidad constante de atención y aprobación. Resulta difícil comprender cómo más de 70 millones de personas pudieron votar por alguien con semejante perfil, aunque existen teorías sobre el
Al igual que los niños, Trump interpreta la realidad como algo personal: si lo desea, debería ser suyo; si no lo obtiene, siente que es perjudicado; y si otro recibe elogios, cree que se los están robando. Las reglas solo son válidas cuando lo benefician. Esta lógica aparece de manera consistente en su forma de gobernar, mientras sus seguidores lo miman y el mundo enfrenta crisis importantes.
La comparación con líderes europeos y la supuesta diferencia que habría implicado una presidencia de Kamila Harris ilustran cómo la política estadounidense bajo Trump se ha visto distorsionada por esta visión egocéntrica. Su propuesta de «comprar» Groenlandia es un ejemplo claro de su mentalidad transaccional, donde países y alianzas se reducen a bienes negociables y la historia, cultura y soberanía son detalles secundarios.
Cuando Dinamarca rechazó la idea de vender Groenlandia, Trump reaccionó con enojo y canceló una visita diplomática. Esta respuesta es más reveladora que la propuesta misma: un adulto entiende que hay cosas que no le pertenecen, mientras que un niño interpreta el “no” como una falta de respeto. Su bienestar psicológico parece depender de la constante aprobación de otros.
El mismo patrón se ve en su obsesión con el Premio Nobel de la Paz. Trump se ha quejado de que Barack Obama lo recibió y él no, insinuando que le corresponde por derecho. Para él, el Nobel es un trofeo más que un reconocimiento serio, lo que evidencia una visión distorsionada sobre la validación y el mérit0
El narcisismo, entendido como auto absorción y no como amor propio, está presente en la conducta cotidiana de Trump. Incapaz de reconocer estándares externos, las reglas se vuelven opcionales, las instituciones enemigas y la verdad negociable. Cuando la política se convierte en escenario para alimentar el ego, las decisiones dejan de centrarse en el bien común y giran únicamente en torno a la imagen personal del líder.
En el ámbito internacional, esta distorsión resulta especialmente peligrosa, ya que guerra, paz, sanciones y tratados afectan millones de vidas. Sugerir que la fuerza militar puede ser utilizada como respuesta a la falta de reconocimiento personal revela una preocupante desconexión entre carácter y responsabilidad.
Ningún adulto serio dirige una familia, empresa o país de este modo. Mientras los niños amenazan, exageran y se victimizan, los adultos deliberan y aceptan límites. La forma de pensar importa tanto como las promesas, y el estilo se convierte en sustancia cuando se tiene poder. Los votantes esperaban mucho de Trump, pero recibieron poco, pues el presidente estaba más ocupado buscando aplausos que gobernando para el bien común.
El mayor problema de Trump no es su falta de convencionalismo, sino su incapacidad de separar el deseo personal del deber público. La presidencia se convierte en un espejo, no en una responsabilidad; el mundo en una juguetería; el aplauso en oxígeno. A pesar de su riqueza y poder, parece que no es feliz, porque siempre le falta
La cuestión no es de odio, sino de estándares. Las democracias necesitan líderes capaces de tolerar la frustración, aceptar derrotas, respetar instituciones y comprender que el mundo no gira alrededor de ellos. Cuando estas cualidades desaparecen, la política se degrada en espectáculo y conflicto permanente. Los políticos europeos lo saben y, junto con personas de sentido común, ya no ven a Estados Unidos como antes.
Lo más inquietante de Trump no es una frase aislada ni una propuesta extravagante, sino la repetición de un patrón: la lógica del berrinche, la obsesión por los premios, la visión transaccional de todo y la incapacidad de escuchar un “no”. Da la impresión de que toda su vida obtuvo todo por su estatus social y ahora como presidente pretende hacer lo mismo, aunque los que dicen “no” también tienen poder.
Los niños, con suerte, crecen. Los países no pueden darse el lujo de líderes que nunca lo hagan. Estados Unidos necesita abrir los ojos y elegir diferente en el futuro, evitando la influencia de religiosos deshonestos que buscan acomodar la política a sus creencias personales. Esta es una opinión, basada en evidencias expuestas en medios confiables. Lo que usted leyó, es solo mi opinión personal, basada en evidencias que fueron exteriorizadas en medios confiables que, por supuesto, nob incluye Fox News.
Vicente Oscar Scali, argentino,
Licenciado en Ciencias Sociales Aplicadas; reside en NSW Australia













