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Un hombre que no ve mapas: ve espejos. Y en cada espejo, aparece él, se ve lindo, diferente y especial. No importa si hay ciudades, historia, gente con nombres y miedos reales. Para él, todo se reduce a una escenografía donde su voz rebota más fuerte, su percepción más correcta y sus decisiones son las que cuentan, Donde cada conflicto no es tragedia, sino solo circunstancias. Donde cada amenaza es un aplauso que todavía no llego, pero lo espera con ansiedad.
 
Dicen que la guerra empezó por razones complejas. Energía, poder, equilibrios viejos que crujen. Pero en su cabeza, la historia es más simple: alguien no le respondió como él esperaba. Alguien no se arrodilló y besó su anillo. Y eso, para alguien así, es imperdonable.
 
Entonces habla. Siempre habla. Promete finales rápidos, victorias limpias, soluciones totales. Como si el mundo fuera un negocio más, una negociación más, una mesa donde él siempre se sienta en la cabecera. Hay algo casi poético en esa contradicción: declara acuerdos que otros niegan, anuncia diálogos que no existen, construye realidades que solo funcionan mientras él las dice en voz alta. Como un actor que improvisa sin darse cuenta de que el resto del elenco sigue otro guion. Pero lo más curioso no es eso. Lo más curioso es la necesidad. Esa urgencia de ser el centro incluso cuando el mundo se quiebra. Esa manera de convertir el peligro en espectáculo. De medir la paz no en vidas salvadas, sino en titulares conquistados, en aplausos. Porque en su lógica, no hay enemigos reales. Hay personajes secundarios. No hay consecuencias. Hay ratings.
 
Y sí, mientras barcos quedan detenidos, mercados tiemblan y la gente común hace cuentas para sobrevivir otro día, él mira el tablero como si fuera suyo, como si cada ficha existiera para confirmar lo que ya cree: que todo gira alrededor de él. Tal vez esa sea la verdadera tragedia. No la guerra en sí, que ya es suficiente. Sino la mirada de quien la contempla como un espejo… y no como una herida. ¿Pero qué se puede esperar de un enfermo mental? Claro, esto no es un
diagnóstico a la distancia que yo haga porque se me da la gana. Pero hay cientos de profesionales de la salud mental que desde hace 10 años o más están exponiendo un diagnóstico tan evidente como el mate frío en invierno, pero también hay ciegos por todos lados, bobos y cerebros lavados que todavía van sembrando gansadas por radio y televisión, sin contar con miles de diarios y otros medios pagados por ese puntero derecho que patea siempre para el mismo lado.
 
¿Qué pasa no se entiende? No estoy hablando de futbol: sin embargo, creo que, a buen entendedor, pocas palabras sobran. Y aquí, somos todos lo suficientemente vivaces ¿O no? ¡Ah! ¿No me digan que también hay de esos votantes? Y bueno, “hay de todo en la viña de Señor”.
 
En conclusión, no se trata solo de él, Sería demasiado fácil. Porque los espejos no funcionan sin alguien que se mire… y sin otros que, de alguna manera, acepten reflejarlo. El problema no es únicamente quien se cree el centro del mundo, sino quienes, por comodidad, miedo o costumbre, siguen girando a su alrededor, besando el anillo o quien sabe que. Tal vez la pregunta no sea que ve ese hombre cuando mira el mapa. Tal vez la pregunta sea que vemos nosotros… cuando elegimos no mirarlo demasiado.
 

 Escribe Vicente Oscar Scali*

*Vicente Oscar Scali, argentino,

Licenciado en Ciencias Sociales Aplicadas; reside en NSW

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