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El 26 de marzo de 1812, en medio de un mar de problemas económicos, políticos y sociales relacionados con la instauración de la Primera República de Venezuela, un terremoto de magnitud 7.7 destruyó casi totalmente las incipientes provincias de Caracas, Barinas, Mérida y Trujillo de la joven república. Era un Jueves Santo.
«Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca» fue la frase que, un poco altaneramente, lanzó el joven caudillo Simón Bolívar, ―aún en trance de convertirse en el Genio Libertador―, como respuesta a los dichos de los frailes y sacerdotes realistas que predicaban que la tragedia había sido un «castigo del cielo» por alzarse contra el Rey Fernando VII de España.
Pues bien, doscientos años después, la naturaleza nos recuerda que no existe ningún caudillo que pueda luchar en contra de su descomunal poder, por altruistas que sean sus razones.
El pasado miércoles 24 de junio, otro terremoto, esta vez ligeramente menor (7.2 según el Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS) azotó por cuatro largos minutos a las ciudades de Caracas, Maracay, Valencia y La Guaira con cifras elevadas de muertos y desaparecidos aún sin confirmar. Ese día se conmemoraba la Batalla de Carabobo y las fiestas de San Juan.
Después de deplorar sinceramente esta tragedia y solidarizarnos con las familias de las víctimas y desaparecidos, es momento de concentrarnos en lo que viene ahora para el sufrido pueblo venezolano.
Los terremotos quebraron de forma abrupta el periodo de relativa estabilidad que experimentaba… Sigue leyendo
Bruno Rodríguez Parrilla — ministro de Relaciones Exteriores de Cuba desde 2009, figura central del aparato diplomático de la isla y uno de los voceros más disciplinados del gobierno — sorprendió a todos el día que pronunció una frase que rompió el guion habitual.
Durante una rueda de prensa tensa, un periodista le preguntó qué ocurriría si algún país intentara una intervención militar en Cuba. Rodríguez, conocido por su tono técnico y su lenguaje calculado, no esquivó la pregunta. Ajustó sus lentes, miró al frente y soltó una advertencia que heló la sala:
“Una invasión sería un baño de sangre.”
El comentario no fue una amenaza ofensiva; fue un mensaje de disuasión. Un recordatorio de que la estructura política cubana — con sus lealtades internas, su historia militar y su narrativa de resistencia — no aceptaría una intervención sin un costo enorme.
Diplomáticos presentes interpretaron la frase como una señal dirigida a sectores duros en Washington y Miami: Cuba no se derrumbaría por presión externa. La isla, dijo Rodríguez sin elevar la voz, respondería con la misma lógica que ha guiado su política exterior por décadas.
Al salir del salón, un embajador sudamericano lo resumió con precisión:
“Bruno no gritó. Bruno marcó el límite.”
Fuente: El Latino Semanal Inc.












