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Bruno Rodríguez Parrilla — ministro de Relaciones Exteriores de Cuba desde 2009, figura central del aparato diplomático de la isla y uno de los voceros más disciplinados del gobierno — sorprendió a todos el día que pronunció una frase que rompió el guion habitual.
Durante una rueda de prensa tensa, un periodista le preguntó qué ocurriría si algún país intentara una intervención militar en Cuba. Rodríguez, conocido por su tono técnico y su lenguaje calculado, no esquivó la pregunta. Ajustó sus lentes, miró al frente y soltó una advertencia que heló la sala:
“Una invasión sería un baño de sangre.”
El comentario no fue una amenaza ofensiva; fue un mensaje de disuasión. Un recordatorio de que la estructura política cubana — con sus lealtades internas, su historia militar y su narrativa de resistencia — no aceptaría una intervención sin un costo enorme.
Diplomáticos presentes interpretaron la frase como una señal dirigida a sectores duros en Washington y Miami: Cuba no se derrumbaría por presión externa. La isla, dijo Rodríguez sin elevar la voz, respondería con la misma lógica que ha guiado su política exterior por décadas.
Al salir del salón, un embajador sudamericano lo resumió con precisión:
“Bruno no gritó. Bruno marcó el límite.”
Fuente: El Latino Semanal Inc.
Hace algunos años, el nombre del abogado Abelardo de la Espriella tan solo figuraba en los anecdotarios de los periódicos colombianos como protagonista de una que otra excentricidad. Como, por ejemplo, hacer explotar a los gatos de su vecindario con petardos de pólvora amarrados a sus extremidades o aparecer en programas de TV al lado de figuras musicales del vallenato ―aire musical de la costa caribe colombiana― como corista, anécdotas que recientemente ha negado o simplemente atribuido a ocurrencias en su juventud.
Más adelante, ya su nombre encabezaba las páginas sociales de los diarios capitalinos, esta vez a causa de sus costosas extravagancias, como consecuencia de un sorprendente y repentino ascenso económico. Entonces se le veía subiendo a su costoso jet privado, calzando mocasines Louis Vuitton o enumerándole a alguna reportera de provincia la marca de sus más de veinte perfumes, “uno para cada hora del día”, como suele precisar.
Pasó de estudiante de derecho que vendía ropa, whisky y esmeraldas para sostenerse en Bogotá, a ser cliente asiduo de los más exclusivos hoteles cinco estrellas del mundo entero. Su disposición para la ostentación, la provocación y la extravagancia ya es legendaria en su país. Ahora, desde la Casa de Nariño, sede presidencial, dirigirá los designios de Colombia por cuatro años. Veamos cómo fue posible este ascenso.
A primera vista, lo que define a De la Espriella es el exceso calculado. Su marca personal está construida sobre la opulencia, la sastrería a la medida y una retórica sin ambages que… Sigue leyendo














