Politica
Ayer en el sur de Florida fue un día difícil para los inmigrantes. La administración Trump anunció que los haitianos y venezolanos en Estados Unidos perderán su Estatus de Protección Temporal (TPS) y pronto comenzarán a ser deportados. Las razones esgrimidas para la pérdida del TPS no tienen mucho que ver con la realidad, pero sí con la opinión del presidente Trump de que si se permite que estos inmigrantes permanezcan en Estados Unidos, “envenenarán nuestro linaje”.
El presidente Trump se ha ganado un nombre como máximo defensor de la supremacía blanca. Sabe que la supremacía blanca es su boleto para poder destruir la ley y el orden establecido del que necesita deshacerse para establecer la sociedad oligárquica que busca. A través de la supremacía blanca, tendrá un ejército de personas dispuestas a luchar para mantener sus privilegios percibidos. Y la otra buena razón para justificar la expulsión de haitianos y venezolanos en opinión del gabinete multimillonario de Trump es que estas personas son oponentes políticos potenciales en ciernes.
El componente esencial de esta lógica que aborda la perspectiva interna es mantener el país bajo control blanco manteniendo a la mayoría del país blanca. Esa mentalidad es esencialmente la misma que se usa en política exterior. Por supuesto, esto no es nada nuevo. La mayoría de los colonizadores han sido blancos y la mayoría han venido de Europa o de los Estados Unidos. El uso de la blancura ha sido una herramienta para justificar mentalmente la masacre de otras personas.… Sigue leyendo
Consta en estas páginas la amplia referencia a la candidatura presidencial del señor Trump en mis columnas de los últimos meses, no obstante pertenecer a un partido con el cual no estoy ni políticamente orientado ni personalmente inclinado.
El mero hecho pensar en cuatro años más de vida bajo el imperio de una camarilla de demócratas incompetentes, guerreristas e inmorales, me obligó a pensar en una opción “menos mala”, así sacrificara hondos ideales y lealtades partidistas, tan poco respetados en estos tiempos de “conciencia woke”.
El pasado lunes 20 de enero presencié su acto de posesión, tan espectacular como frívolo, con multimillonarios bailando a su alrededor, como moscas sobre la carroña y mujeres ataviadas con Chanel, como si de una convención de modas se tratara. Aunque, pensándolo bien, era eso lo que se celebraba, una convención de modistas aprobando la última tendencia mundial, la moda Trump II.
Vi a un Donald Trump viejo y de ojos cansinos, de cara abotagada por la falta de sueño reparador, de caminar pesado, intentando por momentos imitar pasitos de baile ridículos: su sonrisa ―más una mueca de ironía perversa, como diciéndole a Biden y Cía., aquí estoy, no pudieron―, desdibujada por surcos hondos de arrugas bien maquilladas, en fin, una ópera con todas las de la ley; canto, baile, música, máscaras y disfraces.
El discurso, lento y penoso, ocultando sus verdaderas intenciones, fue presenciado en su totalidad, (¡cosa extraordinaria!), por los destinatarios de sus agudas críticas, la señora Kámala y el señor Biden. Mostraron,… Sigue leyendo