Siempre supe que no debía acercarme a Hegel (Stuttgart, 27 de agosto de 1770-Berlín, 14 de noviembre de 1831) sin antes haber leído, estudiado y comprendido a los autores en quienes él influyó. Obviamente, aun me encuentro en ese largo camino.
Quienes leímos ―hace más tres décadas― El Fin de la Historia y el Ultimo Hombre del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, quedamos expuestos a aceptar la tesis ideológica según la cual la democracia liberal y el libre mercado occidentales se establecerían como el destino inevitable de la civilización, sí o sí.
La Union Soviética acababa de colapsar y las fronteras de Europa comenzaban a reconfigurarse trayendo consigo conflictos desastrosos para algunos de sus estados emergentes. La tesis esgrimía que la verdadera partera de la historia sería el poder militar de Occidente y los libres mercados occidentales se erigirían como el destino universal e inevitable de la nueva civilización.
Tres décadas después, la realidad ha destrozado esa ilusión. La persistencia de las guerras demuestra que la historia no ha terminado; al contrario, ha regresado con una ferocidad redoblada. Ante este panorama, la tesis de Fukuyama se revela como un anacronismo peligroso, un sesgo eurocéntrico que confundió un triunfo temporal con una ley objetiva.
En el ensayo del filósofo y matemático francés Gilles Marmasse (1971) Los Asuntos de la Historia, publicado en Academia.edu en 2019, el pensador francés nos ofrece la naturaleza ambivalente y profundamente inquieta del devenir histórico hegeliano en este tema.
Marmasse enfatiza que, para Hegel, la historia universal avanza… Sigue leyendo


















