El octogésimo primer período (81) de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas que comenzó el 8 de septiembre, concluyó ―en lo pertinente a los discursos a cargo de los Jefes de Estado, ministros y delegados mundiales―, el pasado lunes 28 de septiembre.
Serias preocupaciones nos dejan las intervenciones de algunos, por todo cuanto dijeron, pero más desconfianza ―por extraño que parezca―, nos deja el silencio de aquellos que, pudiendo hacerlo, callan o desvían la atención de los peligros que enfrenta la humanidad con los conflictos en curso.
Durante la Guerra Fría, la Asamblea General era el centro de la diplomacia mundial. Sus reuniones constituían el escenario natural para discutir las amenazas a la paz mundial, en especial el temor a una guerra donde fueran utilizadas armas nucleares.
En sus pasillos se improvisaban reuniones mientras las potencias se reunían discretamente en sus misiones permanentes o en la residencia de algún embajador. Aquella Asamblea servía para algo. La de este año ha servido, sobre todo, para reflejar cuánto se ha debilitado.
António Guterres, en su discurso de apertura y hablando desde su papel de Secretario General, abogó por un mundo construido sobre la interdependencia y recordó a las superpotencias que su poder tiene limitaciones. Una hora después el presidente de EEUU ofreció una visión contraria al presentarse como quien no solo ha prometido el uso de la fuerza, sino que la ha usado.
Aprovechó, de paso, para amenazar con «aniquilar» a Irán si no logra un acuerdo y acusó… Sigue leyendo

















