El 26 de marzo de 1812, en medio de un mar de problemas económicos, políticos y sociales relacionados con la instauración de la Primera República de Venezuela, un terremoto de magnitud 7.7 destruyó casi totalmente las incipientes provincias de Caracas, Barinas, Mérida y Trujillo de la joven república. Era un Jueves Santo.
«Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca» fue la frase que, un poco altaneramente, lanzó el joven caudillo Simón Bolívar, ―aún en trance de convertirse en el Genio Libertador―, como respuesta a los dichos de los frailes y sacerdotes realistas que predicaban que la tragedia había sido un «castigo del cielo» por alzarse contra el Rey Fernando VII de España.
Pues bien, doscientos años después, la naturaleza nos recuerda que no existe ningún caudillo que pueda luchar en contra de su descomunal poder, por altruistas que sean sus razones.
El pasado miércoles 24 de junio, otro terremoto, esta vez ligeramente menor (7.2 según el Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS) azotó por cuatro largos minutos a las ciudades de Caracas, Maracay, Valencia y La Guaira con cifras elevadas de muertos y desaparecidos aún sin confirmar. Ese día se conmemoraba la Batalla de Carabobo y las fiestas de San Juan.
Después de deplorar sinceramente esta tragedia y solidarizarnos con las familias de las víctimas y desaparecidos, es momento de concentrarnos en lo que viene ahora para el sufrido pueblo venezolano.
Los terremotos quebraron de forma abrupta el periodo de relativa estabilidad que experimentaba… Sigue leyendo


















