El día lunes 10 de agosto de 2026 quedará en la memoria de los colombianos como uno de los más nefastos de su historia reciente. Ese día la tierra tembló de forma inusitada, como no lo había hecho en más de un siglo. En minutos los sismógrafos lo midieron como uno de proporciones catastróficas, con intensidad 7.4 en la Escala Richter, capaz de destruir completamente ciudades. Esto es, en pocas palabras, lo que en efecto ocurrió.

Pocas veces, en mi larga vida, había tenido una experiencia semejante. Esa mañana estaba intentando organizar mis ideas, después de un largo viaje que me mantuvo fuera del país durante varios días. Esperaba ansioso porque la máquina de café me diera la primera taza con la cual comenzar, tanto la semana, como ese nuevo día.

De repente comencé a escuchar un sonido ronco, tenue y aterrador, como el que se siente cuando un gran camión te está sobrepasando en la autopista; la experiencia es parecida, se siente parecido. La cercanía del camión te crea esa onda expansiva, rugiente y pesada, que descontrola por segundos la marcha de tu vehículo; y tú quieres salir pronto de su lado, que te sobrepase rápido para no tener la impresión de que estas cerca de esa gran mole que opaca la luz del sol y que en cualquier momento puede aplastarte sin que el conductor siquiera se dé por enterado.

Esa sensación ―o parecida―, es la que experimenté en esa mañana. Solo que no tenía la protección de… Sigue leyendo

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