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La economía de Estados Unidos avanza en 2026 con un crecimiento moderado, sostenido principalmente por el consumo y la inversión tecnológica, pero enfrentando presiones inflacionarias que complican el panorama para hogares, empresas y la Reserva Federal.

El Producto Interno Bruto mantiene una expansión positiva, aunque más lenta que en años anteriores. En el segundo trimestre, el crecimiento anualizado se ubicó alrededor del 1.5%, reflejando un país que sigue avanzando, pero con menor impulso. El consumo continúa siendo el motor principal, apoyado por ingresos estables y un mercado laboral que, aunque muestra señales mixtas, permanece lejos de una recesión. El desempleo ronda el 4.6%, un nivel históricamente bajo, pero la creación de empleo se ha desacelerado por la menor inmigración y el envejecimiento de la población.

La inflación es el punto más delicado del momento económico. Los precios de la gasolina han subido por tensiones en Medio Oriente, mientras que los costos de vivienda y los aranceles sobre bienes importados elevan el índice general. El CPI se mantiene cerca del 3.8% interanual, y el indicador favorito de la Reserva Federal, el Core PCE, sigue por encima del nivel que permitiría recortes de tasas. Esto significa que los consumidores enfrentan precios altos y las empresas costos crecientes, sin señales claras de alivio inmediato.

El comercio exterior también aporta desafíos. El déficit de cuenta corriente supera los 220 mil millones de dólares trimestrales, reflejando una economía que importa más de lo que exporta. Los aranceles vigentes han reducido el flujo comercial y encarecido… Sigue leyendo

Cuando el país entró en su etapa más oscura, los primeros campamentos de sobrevivientes surgieron sin permiso, sin planos y sin líderes. Eran apenas claros improvisados entre montañas, escuelas abandonadas y estaciones de servicio vacías. Pero en cuestión de semanas se convirtieron en los únicos lugares donde la vida seguía teniendo un ritmo, aunque fuera mínimo.

El más conocido fue Campamento La Esperanza, levantado en los linderos de Barinas. Allí llegaron familias que habían caminado durante días, cargando mochilas rotas, ollas, fotos y lo poco que quedaba de su pasado. No había electricidad, pero sí organización: un grupo de maestros se encargaba de los niños, los agricultores improvisaban huertos, y los mecánicos reparaban cualquier cosa que pudiera moverse.

En las noches, cuando el silencio del llano se mezclaba con el miedo, los sobrevivientes encendían fogatas. Alrededor del fuego compartían historias: cómo habían escapado de las zonas de conflicto, cómo habían perdido sus casas, cómo habían encontrado a otros en el camino. La fogata era más que luz; era un punto de reunión, un recordatorio de que todavía existía comunidad.

Más al norte, en el estado Lara, surgió Campamento Horizonte, instalado en los galpones de una antigua fábrica de alimentos. Allí, los jóvenes tomaron el liderazgo. Crearon patrullas nocturnas, sistemas de señalización y un pequeño centro de comunicaciones con radios viejos. Cada transmisión era una esperanza: “Aquí Horizonte… seguimos en pie”.

Los campamentos no eran perfectos. Faltaba agua, faltaba comida, faltaba seguridad. Pero sobraba algo que Venezuela nunca perdió:… Sigue leyendo

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